Naturaleza y cultura


EL SER HUMANO // NATURALEZA Y CULTURA // El ser humano //El puesto del ser humano en el cosmos // La diferencia // Naturaleza y cultura // LA MENTE // La máquina // La mente // La estructura de la mente // La memoria // Alma y cuerpo. Mente y cerebro //  LA PASIÓN Y EL DESEO // Razón y pasión // Ese oscuro mundo // Lo que nos mueve//La unidad del ser humano //


[Autoría del texto principal: César Tejedor Campomanes, Introducción al pensamiento filosófico, SM, Madrid, 1996, pp. 23-33. Se han hecho pequeñas modificaciones ajenas al autor]

(en construcción)


John Morris Roberts, Historia universal I, traducción por Fabián Chueca y Berna Wang, RBA Coleccionables, Barcelona, 2009, p. 3. (Consulta el texto completo AQUÍ)

Racionalidad y cultura -gran cerebro y manos, respectivamente, desde el punto de vista anatómico-, ésa parece ser “la diferencia”, lo específico del ser humano en cuanto a su estructura. Hay que abordar ahora la misma cuestión desde otra perspectiva: la del comportamiento. ¿Por qué difiere tanto la conducta humana de la conducta animal? ¿Por qué en el ser humano -mientras que la evolución biológica parece prácticamente detenida- la evolución cultural mantiene un progreso vertiginoso?

«Al principio, el encéfalo crece rápidamente: dobla su tamaño entre los primeros australopitecos y los pitecántropos. Pero sólo aumenta el 30/40% entre estos últimRuffié_francésos y el sapiens; y no varía ya entre el sapiens y el ser humano moderno. Así, aunque rápido al comienzo, el aumento de la capacidad craneana se reduce hasta convertirse en una asíntota. […] Pero a partir de los neanderthales, mientras que el cerebro prácticamente ya no cambia, la cultura se desarrolla masivamente y su aceleración es tal que las últimas culturas paleolíticas dan a la curva un aspecto exponencial»

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«Jacques Ruffié define la cultura como última fase de la biología» (entrevista para El País, 17 de diciembre de 1982)

Jacques Ruffié,
De la biologie à la culture
[De la biología a la cultura],
Flammarion, París, 1983, p. 7
[trad. en César Tejedor Campomanes,
Introducción al pensamiento filosófico,
SM, Madrid, 1996, p. 23].

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Francisco J. Ayala, Origen y evolución del hombre, Alianza Editorial, Madrid, 1995, p. 139.

Todo parece indicar que los demás animales están obligados a repetir siempre los mismos comportamientos; y que en cambio el ser humano es capaz de inventar y crear. Este hecho ha sido explicado de la siguiente manera: los animales están encerrados en su naturaleza instintiva; en cambio, el ser humano carece de naturaleza, es -únicamente- historia, cultura, libertad. ¿Es esto verdad? Si lo fuera, tendríamos las siguientes correspondencias:

  • Animal: Naturaleza – instinto (innato)
  • Ser humano: Cultura – aprendizaje (adquirido)

¿NATURALEZA O CULTURA?

Que el ser humano posea “naturaleza” e instintos ha sido negado -recientemente- desde el campo de la filosofía y la psicología. Sin embargo, una nueva rama de la biología, la etología, parece haber dado un vuelco total a la cuestión.

LA FILOSOFÍA

El concepto técnico “naturaleza” (griego physis, de donde derivan las palabras “Física” y el/lo “físico”) fue creado por los primeros filósofos griegos. Aristóteles lo utilizó para explicar, entre otras cosas, el desarrollo y movimiento de los seres vivos: la “naturaleza” es el “principio interno” que explica causalmente dichos procesos.

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Aristóteles, Metafísica (Libro V, 1014b 15), Edición trilingüe por Valentín García Yebra, Editorial Gredos, Madrid, 1990, p. 227.

Más tarde, también se llamará “Naturaleza” -y convendría escribirlo entonces con mayúscula- al Cosmos, en cuanto que está regido por leyes necesarias. Este carácter de necesidad (por tanto, no libertad) de las leyes de la naturaleza afecta, por supuesto, también a todos los seres “naturales”, los cuales actúan siempre también necesariamente “según su propia naturaleza (interna)”.

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“Naturaleza”, en José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Tomo III (K-P), Editorial Ariel, Barcelona, 2001, p. 2501.

Y aquí está el problema: si el ser humano es un ser “natural”, no se ve cómo pueda ser libre. La única solución parecía ser, evidentemente, separar al ser humano de la Naturaleza.

Desde Platón (s. IV a. C.) a Descartes (s. XVII d. C.) fluye toda una corriente de pensamiento que separa el Universo en dos regiones: la Naturaleza (necesaria) y el espíritu (libre). Pero ello no condujo a la filosofía clásica a negar que el ser humano poseyera una esencia (o naturaleza) permanente. Este punto de vista esencialista y a-histórico fue sustituido en la primera mitad del siglo XX por dos poderosas corrientes filosóficas: el historicismo y el existencialismo. Se llegará a afirmar, por tanto, que el ser humano no tiene naturaleza:

«Si el sistema corporal del hombre es el mismo hoy y hace veinte mil años —cuando los artistas de la cueva de Altamira dibujaban sus bisontes—, quiere decirse que el cuerpo no es lo humano en el hombre. Es lo que tiene de antropoide. Su humanidad, en cambio, no posee un ser fijo y dado de una vez para siempre. […] Resulta que el hombre no tiene naturaleza: nada en él es invariable. En vez de naturaleza tiene historia, que es lo que no tiene ninguna otra criatura.  La historia es el modo de ser propio a una realidad, cuya sustancia es, precisamente, la variación; por lo tanto, lo contrario de toda sustancia. El hombre es insustancial. ¡Qué le vamos a hacer! En ello estriba su miseria y su esplendor»

José Ortega y Gasset,
Pasado y porvenir para el hombre actual,
en Obras Completas, Tomo IX (1960-1962),
Revista de Occidente, Madrid, 1965, p. 646.
(Consultar el tomo AQUÍ)

Ortega_Obras6«En suma, que el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene… historia. O, lo que es igual: lo que la naturaleza es a las cosas, es la historia —como res gestae— al hombre»

José Ortega y Gasset,  Historia como sistema, en Obras Completas, Tomo VI (1941-1946), Revista de Occidente, Madrid, 1964, p. 41. [Consultar el tomo AQUÍ]

«Hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre, o como dice Heidegger, la realidad humana. ¿Qué significa aquí que la Sartre_existencialismoexistencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho. Así, pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla»

Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo,
traducción de Victoria Praci de Fernández,
traduccion del prologo y notas de Mari Carmen Llerena,
Edhasa, Barcelona, 2009, pp. 30 y 31.
[Consultar el texto AQUÍ]

 LA PSICOLOGÍA

Darwin estableció una «continuidad entre el Reino Animal y el Reino humano», y afirmó que «el ser humano y los animales tienen algunos instintos comunes»:

«Poseyendo el hombre los mismos sentidos que los animales, sus intuiciones fundamentales deben de ser las mismas. Tienen uno y otros algunos instintos que les son comunes, tales como el de la propia conservación, el amor sexual, el amor de la madre a sus hijos recién nacidos, y otros muchos. Con todo, el número de instintos del hombre es tal vez menor que el de los que poseen los animales a él inmediatos, en la serie zoológica».

Carlos R. Darwin, El origen del hombre. La selección natural y la sexual,
Capítulo II: “Facultades mentales del hombre y de los animales inferiores”,
Trilla y Serra Editores, Barcelona, 1880, p. 30.

«As man possesses the same senses with the lower animals, his fundamental intuitions must be the same. Man has also some few instincts in common, as that of self-preservation, sexual love, the love of the mother for her new-born offspring, the power possessed by the latter of sucking, and so forth. But man, perhaps, has somewhat fewer instincts than those possessed by the animals which come next to him in the series».

Darwin, C. R., The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex,
Chapter II: “Comparison of the Mental Powers of Man and the Lower Animals”,
John Murray, London, 1871,
Volume 1, p. 36.

En consecuDavidoff_portadaencia, un psicólogo, McDougall (1871-1938), utilizó en 1908 el instinto como concepto fundamental para la explicación de la conducta humana. La teoría hizo fortuna, pero tenía graves inconvenientes. McDougall definía el instinto de un modo tan amplio que parecía incluirlo todo, y así otro psicólogos se permitieron inventar instintos para todo:

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Davidoff, Linda L., Introducción a la Psicología, traducción de Jorge Alejandro Pérez Jaimes, McGraw-Hill, México, 1989, p. 331.

Estos excesos condujeron a que hacia 1930 los psicólogos se pusieran de acuerdo en que el concepto de instinto se había convertido en un “pseudoconcepto” y en que recurrir a él para explicar la conducta humana no era más que dar “pseudoexplicaciones”: no explicaba nada al pretender explicarlo todo.

Como reacción contra la teoría del instinto surgió, entonces, el conductismo, el cual, en su versión más radical, negaba la existencia de comportamientos innatos y explicaba toda la conducta humana mediante procesos de aprendizaje. Aunque el conductismo ha perdido actualmente vigencia, es responsable de la idea tan difundida de que en el ser humano apenas cuentan -o no cuentan nada- los factores hereditarios e instintivos: la conducta humana es -se dice-, exclusivamente, una conducta aprendida.

LA ETOLOGÍA

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«Etología», en Roland Doron (dir.) y Françoise Parot (dir.), Diccionario Akal de Psicología, Ediciones Akal, Madrid, 2008, p. 234.

La etología -estudio biológico de la conducta (del griego ἦθοςêthos: ‘costumbre’, ‘carácter’ y -λογία, -logía: ‘tratado’, ‘estudio’, ‘ciencia’)- ha demostrado convincentemente la existencia de instintos. Ello quiere decir que muchos comportamientos de los animales no son aprendidos, sino que obedecen a la información inscrita en sus genes y transmitida por herencia.

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“instigar”, en Joan Coromines, Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Editorial Gredos, RBA Coleccionables, Madrid, 2008, p. 314.

El término “instinto” significa, etimológicamente, “instigación, excitación” (del latín instinguere, instigar), pero no consiste -como suele creerse- en un impulso, o una tendencia. Es una pauta innata (heredada) de comportamiento, según fue puesto de manifiesto por dos conocidos etólogos, Konrad Lorenz (1903-1989) y Nikolaas Tinbergen (1907-1988). Las pautas de conducta -y no sólo la morfología– son seleccionadas también por la evolución y se heredan. Los animales, por tanto, se encuentran genéticamente programados para determinados comportamientos.

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Nikolaas Tinbergen (derecha) y Konrad Lorenz (izquierda), Max Planck Gesellschaft (extraído de Wikipedia).

Extracto de un documental emitido en TVE sobre Konrad Lorenz: «¿Acaso el hombre no está poniendo a su especie en peligro? Soy optimista. Si no fuera optimista no tendría el interés de ir sermoneando a la gente sobre el fin de la humanidad. Pero no hay que olvidar que corremos un gran peligro. Lo que quiero decir es que si alguien me dice que no cree en la supervivencia de la humanidad a largo plazo, yo no podría argumentar nada en contra, no tendría nada que objetar. El hombre puede sobrevivir, puede incluso evolucionar a un ser superior, pero no hay ninguna ley de la naturaleza que le obligue a esto. Todo depende de él».

La programación: (1) permite al animal reconocer determinados estímulos-signo, ante los cuales (2) se “dispara” un mecanismo desencadenador innato (MDI), el cual conduce a (3) la conducta consumatoria correspondiente. Éstos serían los componentes estrictos del instinto. Pero, previamente, el animal puede manifestar una conducta apetitiva, por ejemplo de búsqueda de alimentos, que puede ser más o menos errática (e incluso ejercitarse en el vacío): sólo ante el estímulo-signo se inicia la conducta instintiva propiamente dicha.

Etología

Juan Carranza (editor), Etología. Introducción a la Ciencia del Comportamiento, Universidad de Extremadura, Cáceres, 1994, Capítulo 3: “La causación del comportamiento: modelos clásicos y causas externas”, por Juan Carlos Gómez y Fernando Colmenares, p. 49.

Sin embargo, no toda la conducta animal es instintiva: también puede aprender de la experiencia o -por imitación- de los otros individuos de su especie. Ahora bien, lo que un animal puede aprender depende de que posea -o no- disposiciones innatas para el aprendizaje. Por eso, no puede aprenderlo todo, ni con la misma facilidad, ni en cualquier etapa de la vida.

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José Luis Pinillos, Principios de psicología, Alianza Editorial, Madrid, 1975, p. 225.

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«Una molécula de ADN: las dos cadenas se componen de nucleótidos, cuya secuencia es la información genética» (Wikipedia).

Instintos y aprendizajes, íntimamente ensamblados, explican causalmente la conducta animal (es decir, son su causa).

Cuando el medio ambiente es muy reducido y no sufre transformaciones, los instintos pueden bastar. No sucede lo mismo cuando el medio es muy amplio y variable: entonces, el aprendizaje permite adaptarse rápidamente a la nueva situación. Pero esa adaptación no afectará al genotipo, ni se transmitirá a las generaciones siguientes por herencia.

He aquí algunos ejemplos famosos:

1. En Inglaterra, los repartidores de leche suelen dejar las botellas a la puerta de sus casas -esto lo hemos visto todos en las películas-. Un paro (ave) descubrió cómo romper el tapón con el pico para beberse el contenido; en poco tiempo, la costumbre se generalizó de tal manera que fue necesario cambiar el tipo de tapones.

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«Urban birds are more resourceful», en “Adaptable urban birds have bigger brains”, BBC Earth News. «En muchos casos, adaptarse supone adquirir nuevas conductas, cada vez más estudiadas por los científicos. Ejemplo de ello son algunos carboneros comunes (Parus major) de Reino Unido que han aprendido a quitar la tapa de aluminio de las botellas de leche que los repartidores depositan cada mañana delante de la puerta de cada casa para beber la capa de nata de la parte superior», en “Aves sin miedo a la jungla de asfalto“, Agencia SINC (Servicio de Información y Noticias Científicas).

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«Macaco japonés en la Isla de Koshima lavando boniatos en el mar» (“Medio siglo lavando boniatos”, en Investigación y Ciencia).

2. En Japón se alimentaba con boniatos a un grupo de macacos (monos) desde hacía más de un año. Pues bien, un día a una hembra joven se le ocurrió lavar el boniato en un río: la costumbre se extendió en poco tiempo a todos los demás individuos del grupo.

3. También aprendieron los macacos de Kyoto a calentarse junto al fuego observando lo que hacían sus guardianes. Nada de que extrañarse: ya sabemos lo que es un “mono de imitación“.

En estos casos ha habido, pues, aprendizaje por imitación. Pero en los dos primeros se dan otros tipos de aprendizaje. Quizá el primer paro que abrió la botella de leche ejercitaba un comportamiento de curiosidad -casi todos los animales son “curioseadores”- y, por azar (aprendizaje por ensayos y errores), encontró la manera de beberse el contenido. En el caso de los boniatos, el macaco demostró una notable inteligencia. Aprendió según el procedimiento que los psicólogos de la “Escuela de la Forma” llaman comprensión súbita (del inglés insight): percibió al mismo tiempo el boniato sucio y el agua del río, y de pronto…¡comprendió!

Todos estos son ejemplos de aprendizajes por parte de animales que viven en un medio ambiente muy rico y variable. Otro ejemplo famoso nos revela el caso de un animal, la garrapata, que -por vivir en un mundo muy reducido y estable- no necesita aprender prácticamente nada. Toda la conducta está programada mediante los instintos (señales-estímulo y mecanismos desencadenadores). He aquí el relato de la apasionante vida de este animalejo:

«La garrapata espera en las ramas de cualquier arbusto para caer sobre cualquier animal de sangre caliente. Careciendo de ojos, posee en la piel un sentido general lumínico para orientarse, según parece, en el camino hacia arriba cuando trepa hacia su punto de espera. La proximidad de la presa se la indica a ese animal ciego y mudo el sentido del olfato, que está determinado sólo al único olor que exhalan todos los mamíferos: el ácido butírico. Ante esa señal se deja caer, y cuando cae sobre algo caliente y ha alcanzado su presa, prosigue por su sentido del tacto y de la temperatura hasta encontrar el lugar más caliente, es decir, el que no tiene pelos, donde perfora el tejido de la piel y chupa la sangre. Así pues, el mundo de la garrapata consta solamente de percepciones de luz y de calor y de una sola cualidad odorífera. Está probado que no tiene sentido del gusto. Una vez que ha llegado a su fin su primera y única comida, se deja caer al suelo, pone sus huevos y muere. Naturalmente, sus posibilidades son escasas. Para asegurar la conservación de la especie, un gran número de esos animales espera sobre los arbustos, y además cada uno de ellos puede esperar largo tiempo sin alimento. En el Instituto Zoológico de Rostock se han conservado con vida garrapatas que estuvieron dieciocho años sin comer…»

Arnold GehlenEl hombre. Su naturaleza y su lugar en el mundo, traducido por Fernando-Carlos Vevia RomeroEdiciones Sígueme, Salamanca, 1980, pp. 84-85.

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En conclusión, las investigaciones de los etólogos -que, básicamente, nadie discute actualmente- nos ponen en buen camino. Parece bastante absurdo afirmar que el ser humano -que es un ser biológico aparecido como fruto de la evolución animal- carezca de “naturaleza”. Las afirmaciones de los filósofos recientes (como Ortega o Sartre), que parecen haberlo pretendido, deberían interpretarse en otro sentido. Lo que niegan es que exista una esencia humana “en general”, fija y eterna (en el sentido de las antiguas concepciones filosóficas, como en “EL MUNDO COMO MUSEO“). Lo que afirman es que el ser humano es un ser histórico, que se hace a sí mismo a través del tiempo y que debe asumir la responsabilidad de su destino. Y en todo esto se puede estar plenamente de acuerdo.

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¿Naturaleza o cultura? (apuntes en PDF)

LA NATURALEZA

“Naturaleza” deriva del latín natura (de nasci, nacer). Es, pues, aquello con lo que se nace, lo congénito, aunque -y esto es importante- no se haya desarrollado todavía en el momento de nacer. Es, desde luego, una perogrullada decir que el ser humano es un ser vivo “natural”, y que posee una “naturaleza”, puesto que ha nacido; pero a veces las perogrulladas hay que recordarlas.

A partir de los años 50, gracias a la teoría de la información (Claude Elwood Shannon, 1916-2001) y la cibernética (Norbert Wiener, 1894-1964), se abrió una nueva perspectiva teórica aplicable no sólo a las máquinas artificiales, sino también a los seres vivos.

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«Diagrama esquemático de un gen corto, dentro de la estructura en doble hélice del ADN que, al comprimirse, va formando un cromosoma (derecha)» (Wikipedia). Cfr. Andrés de Haro Vera, Atlas de Biología, Ediciones Jover, Barcelona, 1991, serie C, núm. 3.

Un animal es un sistema organizado (y muy complejo) de materia físicoquímica, capaz de auto-organizarse, reproducirse y actuar (vivir) gracias a la información que lleva escrita en sus genes. Por esta razón se habla actualmente de que el ser humano está pre-programado:

«La biología moderna ambiciona interpretar las propiedades del organismo a través de la estructura de las moléculas que lo constituyen. En este sentido se corresponde con una nueva era de la técnica. El programa representa un modelo tomado de los ordenadores electrónicos. Compara el material genético de un huevo con la banda magnética de un ordenador. Evoca una serie de operaciones que deben efectuarse, la rigidez de su sucesión en el tiempo, el diseño subyacente. De hecho, ambas clases de programas difieren en muchos aspectos. En primer lugar por sus propiedades: uno es modificable a voluntad y el otro no; en un programa magnético se añade o se borra información en función de los resultados obtenidos, mientras que la estructura nucleica no es accesible por la experiencia adquirida y permanece invariante a través de las generaciones. Ambos programas difieren también por su papel y por las relaciones que mantienen con los órganos ejecutivos. Las instrucciones del programa de la máquina no se refieren a su propia estructura física ni a las piezas que la componen. Las del programa del organismo, por el contrario, determinan la constitución de sus propios elementos, es decir, de los órganos encargados de ejecutar el programa. Aunque pudiera construirse una máquina capaz de reproducirse, ésta se limitaría a fabricar copias de sí misma en el estado que tuviese en el momento de producirlas. A la larga toda máquina se desgasta. Poco a poco las hijas se irían haciendo necesariamente menos perfectas que las madres. En pocas generaciones el sistema derivaría cada vez un poco más hacia el desorden estadístico. La descendencia estaría condenada a la muerte. Por el contrario, reproducir un ser vivo no consiste en volver a copiar al progenitor tal como es en el momento de la procreación. Es crear un nuevo ser. Es poner en marcha, a partir de un estado inicial, una serie de acontecimientos que lo conducen al estado de los progenitores. Cada generación no parte de cero, sino del mínimo vital, es decir, la célula. En el programa están contenidas todas las operaciones que describen el ciclo entero, que conducen a cada individuo desde su juventud hasta su muerte. Pero esto no quiere decir que todo esté fijado con rigidez en el programa genético. Con frecuencia éste no hace otra cosa que establecer unos límites a la acción del medio, o incluso dar al organismo la capacidad de reaccionar, el poder de adquirir un suplemento de información no innata. Fenómenos tales como la regeneración o las modificaciones inducidas en el individuo por el medio muestran claramente que en la expresión del programa existe cierta flexibilidad. A medida que los organismos se complican y su sistema nervioso crece en importancia, las instrucciones genéticas les confieren nuevas potencialidades, como la capacidad de recordar o aprender».

François JacobLa lógica de lo viviente.Una historia de la herencia,
Tusquets Editores, Metatemas 59, Barcelona, 1999,
Introducción del LIBRO. 

PortadaEn resumidas cuentas, la “naturaleza humana” se entiende en la actualidad como pre-programación, es decir, como información genética. El soporte físico-químico (digamos, el cuerpo) no forma parte de la naturaleza misma. Ésta -la naturaleza- es, por tanto, sólo forma (in-forma-ción), no materia. Por eso puede transmitirse. Es curioso constatar, entonces, que este concepto de naturaleza retoma el de Aristóteles, para quien la naturaleza también era la “forma”, no la “materia”. Los términos no tienen exactamente el mismo sentido, desde luego; además, la forma o naturaleza era para Aristóteles eterna e inmutable; en cambio, la información genética es un producto de la evolución y puede transformarse (mutaciones). En cuanto a todo aquello que se ha desarrollado a partir exclusivamente de dicha información genética, debería ser llamado “natural”, y no “naturaleza” (por ejemplo, el pelo y su color, o la memoria).

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Juan Delval, El desarrollo humano, Editorial Siglo XXI, Madrid, 2008, p. 97.

De modo que el ser humano posee una naturaleza. Pero ésta no es nada “misterioso”: es información genética. Y tampoco es algo eterno e inmutable: producto de la evolución, sigue evolucionando. Sin embargo, esta concepción suscita, al menos, dos objeciones importantes:

1.ª ¿Biologismo?

Algunos representantes  de la reciente sociobiología (estudio biológico de las sociedades animales y humanas) -como Edward Osborne Wilson y Richard Dawkins– han sido acusados de pretender explicar toda la conducta humana exclusivamente en términos de biología (reduccionismo biológico). La consecuencia extrema sería que los seres humanos actuarían siempre y necesariamente con arreglo a las instrucciones inscritas en sus genes. ¡Adiós a la libertad! Quizá las primeras afirmaciones de los sociobiólogos pudieron conducir a estas conclusiones. Pero ellos mismos se encargaron de despejar el malentendido:

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«La galaxia de Andrómeda, también conocida como Galaxia Espiral M31, Messier 31 o NGC 224» (Wikipedia).

«Los genes controlan el comportamiento de sus máquinas de supervivencia, no de manera directa, con sus dedos en las cuerdas de los títeres, sino indirectamente al igual que el programador de la computadora. Todo lo que ellos pueden hacer es prepararla con antelación; luego la máquina de supervivencia se encuentra bajo su propia responsabilidad, y los genes sólo pueden permanecer pasivos en su interior. ¿Por qué son tan pasivos? ¿Por qué no toman las riendas ocasionalmente? La respuesta es que no pueden, debido a los problemas de intervalos de tiempo. Lo ilustraremos mediante otra analogía para aclarar más este punto, analogía sacada de un libro de ciencia ficción»

[Se trata de un relato de ciencia ficción. Los habitantes de una civilización situada en la galaxia Andrómeda quieren expandir su cultura a la TIerra. Imposible un viaje, imposible mantener una conversación, ya que la señal tarda 200 años. Lo que se hace entonces es enviar las instrucciones para construir una gigantesca computadora y su programa correspondiente].

«De igual manera que los habitantes de Andromeda necesitaban tener una computadora en la Tierra para que tomase las diarias decisiones por ellos, así nuestros genes han tenido que construir un cerebro. Pero los genes se diferencian de los habitantes de Andromeda en que no se limitan a enviar las instrucciones codificadas sino que ellos mismos constituyen las instrucciones. Las razones por las cuales no pueden manipular nuestros hilos de títeres son las mismas: los retardos en el tiempo, los períodos de retraso entre la causa y el efecto».

«Algo sucede en el mundo, una lechuza cruza volando, un susurro en la hierba alta traiciona a una presa y en milisegundos el sistema nervioso crepita al ponerse en acción, los músculos saltan y la vida de alguien queda a salvo —o se pierde-. Los genes carecen de tales reacciones rápidas. Al igual que los habitantes de Andrómeda, sólo pueden esforzarse por adelantado mediante la construcción de una rápida computadora ejecutiva para su beneficio y programándola con antelación con reglas y «consejos» para que sea capaz de afrontar tantas eventualidades como ellos pueden «anticipar». Pero la vida, de manera similar al juego de ajedrez, ofrece demasiadas posibles eventualidades diferentes para permitir que todas ellas sean previstas. De igual forma que el programador de ajedrez, los genes deben «dar las instrucciones» a sus máquinas de supervivencia no de manera especificada sino en términos de estrategias generales y trucos válidos para el oficio de vivir».

Richard Dawkins,
El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta,
Salvat Editores, Barcelona, 1993,
Capítulo IV: “La máquina de genes”
(seguir leyendo AQUÍ).

«Muchos animales comparten reglas sociales. ¿De dónde surgen estos comportamientos sociales? Este es el reto teórico de la sociobiología, una disciplina iniciada por Edward O. Wilson en los años 70». “La sociobiología”, en Grupo Punset Producciones.

Así, pues, aunque el ser humano no viene al mundo como “una hoja en blanco” (un disco duro vacío, en el nuevo lenguaje), sino pre-programado, ello no implica que no pueda ejercer un control sobre sus programaciones.

 Documental del canal británico BBC dentro de la serie Beautiful Minds: «Professor Richard Dawkins reveals how he came to write his explosive first book The Selfish Gene, a work that was to divide the scientific community and make him the most influential evolutionary biologist of his generation. He also explores how this set him on the path to becoming an outspoken spokesman for atheism».

2.ª ¿Conservadurismo? 

Si todo estuviera preprogramado -y lo estuviera rígidamente-, el ser humano sería un autómata. Pero no es así. La gran paradoja es que el ser humano también está programado para aprender nuevas conductas, incluso conductas de auto-control de sus propias programaciones. No hay ninguna contradicción en ello; también las computadoras pueden hacerlo en una cierta medida. Si no fuera así, el ser humano se encontraría permanentemente anclado en su situación primitiva y no habría evolucionado culturalmente de un modo tan prodigioso:

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«El apéndice humano es una estructura vestigial, es decir, que ha perdido todas o la mayor parte de sus funciones a través del proceso de la evolución» (Wikipedia).

«Las adaptaciones filogenéticas, en las cambiantes circunstancias de nuestra época, pueden perder la adaptabilidad que tuvieron en otros tiempos. Sabemos muy bien que en el campo morfológico arrastramos cargas históricas que ya han dejado completamente de ser adaptativas. El apéndice es un buen ejemplo de ello. El hecho de que todo el mundo lo tenga no nos hace aceptarlo como destino inevitable. Pocas personas mueren hoy de apendicitis. Y de igual modo, tampoco hemos de aceptar como inevitables -léase incontrolables- las disposiciones en el comportamiento. Como criaturas culturales por naturaleza, estamos en todo momento en condiciones de dirigir culturalmente nuestra vida impulsiva. El conocimiento de los nexos causales es la premisa para ello».

Irenäus Eibl-Eibesfeldt_preprogramado__ Irenäus Eibl-Eibesfeldt_preprogramado_Irenäus Eibl-EibesfeldtEl hombre preprogramado (Der vorprogrammierte Mensch).
Lo hereditario como factor determinante en el comportamiento humano,
versión española de Pedro Gálvez,
Alianza Editorial, Madrid, 1977, p. 125.
[Citado por  César Tejedor Campomanes, Introducción al pensamiento filosófico, SM, Madrid, 1996, p. 29].

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Irenäus Eibl-Eibesfeldt, Der vorprogrammierte Mensch. Das Ererbte als bestimmender Faktor im menschlichen Verhalten, Verlag Fritz Molden, Wien/München/Zürich, 1973, p. 107.

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Veamos un caso sobre el que se ha escrito y discutido mucho: la agresividad. Algunos han defendido que es una conducta aprendida; o bien, reactiva (reacción ante una frustración). Sin embargo, es probable que, como el resto de los animales, estemos programados para determinados comportamientos agresivos (defensa del territorio y de la propiedad, de los hijos, conquista del alimento, etc.). Por eso, los intentos de educar niños y niñas no agresivos haciéndoles vivir en un ambiente pacífico no han tenido resultado: la agresividad puede estallar en cualquier momento, incluso sin motivos aparentes. Para controlar la agresividad, por tanto, hay que conocer la serie causal que la produce (a esto alude la frase final del último texto citado) -es decir, sus mecanismos innatos- y actuar sobre ella. Un ejemplo:

Irenäus Eibl-Guerra y paz«El comportamiento de “nuestro” grupo se basa en disposiciones de comportamiento innatas. El recelo frente a los extraños forma parte de él. El lactante ya lo presenta, y esto con todo el mundo. Sin embargo, la xenofobia se aprende»

Irenäus Eibl-Eibesfeldt, Guerra y paz. Una visión de la etología, Salvat, Barcelona,1995, p. XIII.
[Citado por
César Tejedor Campomanes,
Introducción al pensamiento filosófico,
SM, Madrid, 1996
, p. 29].

Si el niño acepta como no-extraños a un número cada vez mayor de personas, es porque las va conociendo poco a poco; del mismo modo, la estrategia que puede conducir a la paz es hacer que los seres humanos se conozcan cada vez mejor, rompiendo las barreras a la comunicación.

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La naturaleza humana (apuntes en PDF)

LA CULTURA

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«El famoso pincho de tortilla servido en bares de España con su típica disposición con tenedor clavado» (Wikipedia).

Todo comportamiento que no es “natural” es “cultural”. Comer es natural; comer alimentos cocinados es cultural; comer tortilla de patata pertenece a la cultura española; comer la tortilla de patata con cebolla y un poquito de salsa de tomate… eso ya parece sólo un gusto personal. Sin embargo, definir la cultura simplemente como “lo que no es naturaleza o natural” no parece que sea suficiente.

QUÉ ES LA CULTURA

La palabra “cultura” deriva del latín colere (“cultivar”); y el término cultura (“cultivo”) se usaba en la Antigua Roma en expresiones como agri cultura (cultivo del campo), llamándose cultus a un campo cultivado.

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Portada de L’Encyclopédie (1751), extraída de Wikipedia.

En el siglo XVIII -a pesar de que en la Enciclopedia de Denis Diderot (1713-1784) y Jean le Rond D’Alembert (1717-1783) significa todavía únicamente “agricultura”- “cultura” empieza a significar “cultivo del espíritu”, recuperándose la expresión metafórica latina cultura animi (cultivo del alma):

«Atque, ut in eodem simili verser, ut ager quamvis fertilis sine cultura fructuosus esse non potest, sic sine doctrina animus; ita est utraque res sine altera debilis. Cultura autem animi philosophia est; haec extrahit vitia radicitus et praeparat animos ad satus accipiendos eaque mandat eis et, ut ita dicam, serit, quae adulta fructus uberrimos ferant. Agamus igitur, ut coepimus. Dic, si vis, de quo disputari velis»

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Cicerón, Disputaciones Tusculanas, introducción, traducción y notas de Alberto Medina González, Editorial Gredos, Madrid, 2005, p. 214. (Sigue leyendo AQUÍ).

También en el siglo XVIII aparece el término “civilización” (en latín tardío, civilitas, derivado de civitas, ciudad), como expresión de la cumbre del desarrollo humano, y en contraposición con salvajismo o barbarie y, desde luego, con “naturaleza”.

Ambos términos -cultura y civilización- poseen, pues, una significación elitista (no todos son “cultos”, por supuesto) y etnocéntrica (los otros pueblos son “incivilizados“).

Sólo a finales del siglo XIX y con la investigación de los antropólogos -que se ponen en contacto directo con “otras culturas”- el término “cultura” empieza a perder las connotaciones elitistas y etnocéntricas.

Edward Burnett Tylor (1832-1917) (en Primitive culture, de 1871) da la primera definición de cultura o civilización en sentido etnográfico amplio. A partir de entonces, puede decirse que hay tantas definiciones como autores. En 1952 Alfred Louis Kroeber (1876-1960) y Clyde Kluckhohn (1905-1960) publicaron un artículo (Culture: a critical review of concepts and definitions) en el que recopilaban hasta 164 definiciones distintas. Naturalmente, añadieron la 165. ¡Y eso fue en 1952! Quizá la principal desavenencia radica en que para algunos autores la cultura incluye también los productos materiales (cacharros, máquinas, obras de arte, etc.), y para otros, no.

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“Cultura”, en Pierre Bonte y Michel Izard, Diccionario Akal de Etnología y Antropología, traducción de Mar Llinares García, Ediciones Akal, Madrid, 2008, pp. 201-207.

Una definición restrictiva es, por ejemplo, la de un antropólogo muy leído, Marvin Harris (1927-2001):

Harris_Cultural anthropology«Culture refers to the learned, socially acquired traditions of thoughts and behavior found in human societies. It is a socially acquired lifestyle that includes patterned, repetitive ways of thinking, feeling, and acting»

Marvin Harris y Orna Johnson, Cultural Anthropology, Pearson, 2006, p. 10.

«Cultura es el conjunto aprendido de tradiciones y estilos de vida, socialmente adquiridos, de los miembros de una sociedad, incluyendo sus modos pautados y repetitivos de pensar, sentir y actuar (es decir, su conducta

Marvin HarrisAntropología cultural,
traducción de Vicente Bordoy y Francisco Revuelta,
Alianza Editorial, Madrid, 2000, pp. 19-20.
[Se puede consultar una versión en PDF del texto AQUÍ]

Harris_Cultura_

Actualmente algunos autores restringen más todavía el concepto, identificando cultura e información:

«Cultura es la información transmitida (entre animales de la misma especie) por aprendizaje social»

Jesús Mosterín, Filosofía de la cultura, Alianza Editorial, Madrid, 1994, p. 32.
[Leer más AQUÍ]

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Frutilla silvestre (Wikipedia).

Aunque sea, evidentemente, criticable (cfr. Carlos ParísEl animal cultural, Crítica, Barcelona, 1994, pp. 209 y ss. Cfr. también: este artículo de Lorenzo Peña), nosotros vamos adoptar aquí esta última concepción, entre otras razones porque también hemos definido la naturaleza como información (genética innata). Y estableceremos estas otras convenciones: a las conductas y los productos materiales no les llamaremos “cultura”, sino conductas y productos “culturales” (del mismo modo que el dormir o las fresas silvestres no son “naturaleza”, sino conductas o productos naturales).

Cuando un niño o una niña nacen, traen consigo toda la información genética que hemos llamado “naturaleza”. Esta información es innata, heredada. No les bastará para poder vivir de un modo satisfactorio. La sociedad en la que han nacido les transmitirá una nueva y amplísima información, y deberán asimilarla. La cultura es información transmitida por aprendizaje social. Y si un gen es una unidad de información genética, a cada unidad de información cultural se le podrá llamar meme (término que hace referencia tanto a “memoria”, como a “mímesis“, imitación).

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Richard Dawkins, El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta, Salvat Editores, Barcelona, 1993, Capítulo XI: “Memes: los nuevos replicadores” (seguir leyendo AQUÍ).

El mismo término “meme” (ver, también, “meme de Internet“) es un buen ejemplo de lo que es un meme. Lo introdujo Dawkins; se propagó ampliamente en la cultura científica, y estos apuntes están contribuyendo a que se difunda aún más. Otros autores han hecho propuestas menos afortunadas: cultural instructions (Ted Cloak) o culturgens (Charles J. Lumsden y E. O. Wilson). Este sería un curioso caso de selección cultural. ¿Por qué se ha difundido la expresión “meme” y no las otras? No sería disparatado pensar que se debe, entre otras cosas, a que es más divertida. En cambio, la expresión clásica “rasgo cultural” tiene mayor extensión, ya que incluye también los objetos (materiales) y los hábitos culturales.

En este momento, uno podría pensar que la “diferencia” entre el ser humano y el animal es que este último no posee cultura. ¡Craso error! Los animales también se comunican y se transmiten información; por tanto, también poseen culturacultura animal.

«Los chimpancés piensan en cosas que pueden ver, tocar, oler…, en definitiva en cosas concretas, tangibles, que puedan ser percibidas a través de los sentidos. Pero no discurren en términos abstractos, son incapaces de entender qué es la gravedad o la fuerza, así como tampoco pueden razonar sobre estados mentales como los deseos o las creencias. Sin embargo, es un error comparar la mente humana con la de los demás primates. Éstos no son una mala versión nuestra, sino una especie única con un tipo de mente diferente y capacidades diferentes, a pesar de las semejanzas genéticas. Redes trata de adentrarse en el modo de pensar de los chimpancés y lo hace entrevistando a uno de los mayores especialistas en este campo, el profesor Daniel Povinello, profesor de Biología del Comportamiento de la Universidad de Louisiana (Estados Unidos). Para este científico, los animales tienen su propia cultura; mientras que los humanos hemos mitificado excesivamente la nuestra». RedesCultura animal (capítulo 250, emitido el 20 de octubre de 2002).

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David Sobrevilla (Ed.), Filosofía de la cultura, Editorial Trotta, Madrid, 2013, p. 33. [Leer más AQUÍ]

Por ejemplo, muchos pájaros están ya programados genéticamente para emitir el canto particular de la especie: criados en aislamiento, lo emiten sin más. Otros deben aprenderlo; incluso pájaros de la misma especie pueden aprender diversas melodías, y éstas pueden variar geográficamente: unos cantan “por jotas” y otros “por sevillanas”, e incluso “por dubstep“, y esto es, sin duda, cultura.

 Pájaro cantando dubstep del usuario de Youtube Rainykauke.

Entre los animales superiores, por ejemplo los simios, se da la utilización e incluso la cuasi-fabricación de instrumentos muy simples (por ejemplo, una esponja hecha con hojas masticadas). Pero, en cualquier caso, siempre se trata de una cultura muy rudimentaria.

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«Seguramente la conducta cultural de un animal más conocida, la utilización de herramientas por parte de los chimpancés, es un descubrimiento hecho por Sabater Pi» (Wikipedia).

 “Jane Goodall: A Birthday Tribute Vídeo”, vídeo de National Geographic sobre Jane Goodall, considerada la mayor experta en chimpancés. 

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La cultura (apuntes en PDF)

PROGRESO

¿Por qué la cultura humana ha progresado de una manera tan fantástica? Mucho ha tenido que ver la postura erecta del ser humano. El bipedismo liberó la mano, lo que facilitó la fabricación de utensilios y su transporte.

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«Confusión de las lenguas», representación de Gustave Doré (Wikipedia). El lenguaje es una «facultad, según algunos innata, propia del ser humano, instrumento del pensamiento y la actividad, y el más importante medio de comunicación. Es un instrumento sumamente elaborado y complejo, organizado en diversos niveles y creativo, con el que el hombre puede expresar verbalmente un número no limitado de ideas, sensaciones, situaciones, etc., y que permite aludir a las cosas y situaciones en su ausencia. Con él reduce y ordena el hombre las percepciones del entorno y está vinculado al pensamiento hasta tal punto que la total falta de lenguaje, o de un sistema de signos equivalente, hace que no aparezcan en el ser humano indicios de inteligencia» (“Lenguaje” en Encyclopaedia Herder).

Luego, la selección natural favoreció a los individuos más cerebrados, ya que estaban mejor capacitados para codificar y transmitir la información sobre los modos de fabricación y utilización. Con la aparición del lenguaje, finalmente, la capacidad de transmitir información se amplía de un modo insospechado.

Seguramente debieron ocurrir otras muchas circunstancias. Adolf Portmann (1897-1982) señaló que el ser humano nace siempre “demasiado pronto” y, por tanto, necesariamente inmaduro biológicamente. En efecto, los mamíferos inferiores (como los roedores) nacen después de un breve embarazo y en gran número de crías, pero en estado de desamparo, y han de permanecer en el nido largo tiempo: son “calientanidos“. Los mamíferos superiores nacen después de un largo embarazo; pocas crías, pero muy desarrolladas. Su nido ha sido el seno materno: por eso son “fuginidos”.

El ser humano es un caso especial. El embarazo es largo, pero nace inmaduro y sigue necesitando un nido: es un “calientanidos secundario”. Para el bebé, la casa y el mundo son su “nido”, lo cual hace que reciba un enorme caudal de información (¡cultural!) antes de concluir su proceso de maduración biológica.

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Anselmo González Jara, “Sobre la antropología de Adolf Portmann“, en Anuario Filosófico, 5, Universidad d de Navarra, 1972, pp. 209-275, (p. 254). [Seguir leyendo AQUÍ].

Por su parte, Arnold Gehlen ha denominado al ser humano “un ser de carencias“:

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Arnold Gehlen, El hombre. Su naturaleza y su lugar en el mundo, traducido por Fernando-Carlos Vevia Romero, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1980, p. 37.

Gehlen cita, por supuesto, el mito de Protágoras, e indica que el ser humano carece en absoluto de especialización (su dentadura, por ejemplo, parece primitiva, no especializada para ninguna función concreta), por lo que se encuentra inadaptado para cualquier medio ambiente y en peligro permanente. Esta situación biológica del ser humano le obligó a suplir sus carencias y a hacerse a sí mismo (“domarse a sí mismo”). Y tuvo otra consecuencia: al no estar adaptado a ningún medio ecológico propio, puede vivir en cualquiera: está “abierto al mundo”. Si se recuerda el estrechísimo medio ambiente en que vive la garrapata, se comprenderá bien lo que es la existencia de un ser que vive “en el ancho mundo”, recibiendo un inmenso caudal de información.

Naturalmente, todo esto no son sino hipótesis sometidas a crítica. Pero al menos, revelan aspectos significativos de las condiciones de existencia del ser humano.

DIFERENCIACIÓN Y CONVERGENCIA

La naturaleza humana es universal, es decir, es la misma para todos (lo cual deja sin base biológica alguna al racismo).

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“Raza”, en Pierre Bonte y Michel Izard, Diccionario Akal de Etnología y Antropología, traducción de Mar Llinares García, Ediciones Akal, Madrid, 2008, pp. 624-626.

Sin embargo, no existe una cultura universal, aunque sí hay rasgos comunes a todas las culturas (los llamados “universales culturales”) y una tendencia cada vez más fuerte a una convergencia cultural. Siendo esto así, se explica que desde muy antiguo cada pueblo haya sentido la tentación de considerar su propia cultura como “natural” y superior.

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Marvin Harris citando a Alfred Kroeber (Anthropology; Biology and Race, Harcourt, Brace & World, New York, 1963, p. 156) en Marvin Harris, Introducción a la antropología general (7ª Edición), traducido por Francisco Muñoz de Bustillo, Alianza Editorial, Madrid, 2004, p. 488. [Se puede consultar una versión anterior del texto AQUÍ].

Se llama etnocentrismo al prejuicio según el cual la propia cultura es superior a todas las demás. Puesto que el etnocentrismo deforma la imagen de las otras culturas, a principios de este siglo los antropólogos reaccionaron proponiendo el relativismo cultural: cada cultura debe ser comprendida desde sí misma, sin establecer comparaciones con otras culturas. Por tanto, el relativismo cultural es una actitud metodológica que pretende la mayor objetividad posible en el estudio de las culturas. Pero de ahí es fácil pasar a un relativismo cultural de otro tipo: todo vale si es cultural. Ello conduce a consecuencias no deseables. Por ejemplo, al inmovilismo: “¡No lo toques! ¡Es nuestra cultura!” Y, sobre todo, al relativismo del valor: todo vale y queda justificado -hasta las conductas más abusivas- por el simple hecho de ser tradiciones culturales.

 Vídeo acerca de la tradición del Torneo del Toro de la Vega. «El torneo consiste en la caza o persecución de un toro por decenas de picadores y lanceros, en la cual algunos de estos últimos intentan alancear a la res hasta la muerte, después de que esta haya sido soltada cerca de la plaza del pueblo y conducida por los corredores y aficionados hasta la vega del río Duero, en donde comienza propiamente el torneo. Si el toro sobrepasa los límites prefijados o los lanceros no pueden matarlo, es indultado. En el siglo XXI, el festejo ha cobrado mayor notoriedad por las protestas en contra que denuncian el sufrimiento al que es sometido el toro» (Wikipedia).

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«El relativismo coincide con el etnocentrismo en hacer imposible la crítica racional, pues al establecer a priori que ninguna alternativa cultural es preferible a otra, la discusión sobre qué alternativa sea preferible se convierte en un ejercicio ocioso y condenado de antemano al fracaso. El etnocentrismo nos orienta demasiado, pues nos quita toda oportunidad de elección. El relativismo, por el contrario, nos orienta demasiado poco, pues trata de convencernos de la vanidad de toda elección. En la noche sin estrellas del relativismo todos los gatos son negros y todas las direcciones son equivalentes: ninguna conduce a ninguna parte. El etnocentrismo promueve el conformismo; el relativismo, la indiferencia. Ambos impiden la comparación evaluativa, la ponderación objetiva y la elección y decisión racionales.

Desde un punto de vista filosófico, tanto el etnocentrismo como el relativismo son posturas incoherentes, como se ha señalado repetidamente. Baste aquí recordar que el etnocentrismo de un grupo refuta al de los demás y es incompatible con ellos, por lo que el etnocentrismo, en general, es lógicamente contradictorio. El relativismo pretende dar a su propia tesis relativista una validez no relativa, por lo que se aurorrefuta. En realidad todos los argumentos (que son sutiles y complejos, pero finalmente contundentes) que sirven para refutar el dogmatismo y el escepticismo en epistemología son trasladables sin apenas cambios al etnocentrismo y al relativismo».

Jesús Mosterín, Filosofía de la cultura, Alianza Editorial, Madrid, 1994, pp. 139-140.
[Leer más AQUÍ]

Si hay algo universal en el ser humano, eso es la razón, ya que ella misma posee una exigencia de racionalidad: lo que es válido para la razón -no para el gusto, el sentimiento, la educación, etc.- de uno debe ser válido para la razón de todos.

La Ilustración promovió el ideal del universalismo, del “ser humano universal”; luego el Romanticismo exaltó el particularismo nacional/cultural, el “espíritu del pueblo” (de cada pueblo). Así, contra la universalidad de la razón, la particularidad de la tradición. Pero ambas exigencias no tienen por qué estar reñidas necesariamente.

CONCLUSIÓN: NATURALEZA Y CULTURA

Podemos ya concluir: el dilema naturaleza o cultura se ha demostrado como falso. Ni sólo la naturaleza ni sólo la cultura podrían explicar la conducta humana. El ser humano se ha desarrollado -y se sigue desarrollando- mediante la evolución cultural, pero siempre dentro de los límites y posibilidades que determinan su naturaleza heredada.

No existe el ser humano sólo cultural; como tampoco ha existido jamás un ser humano “en estado de naturaleza“. Los “niños salvajes” no nos enseñan nada acerca de ese supuesto estado primitivo de la humanidad, ya que la mayoría de ellos fueron anormales congénitos abandonados por ese motivo. Ni tampoco es fácil determinar en nuestro comportamiento qué debemos a nuestra naturaleza y qué a la cultura:

Levi-Strauss_estructuras_portada«Pero la distinción no siempre es tan simple: a menudo los estímulos psicobiológicos y el estímulo psicosocial provocan reacciones del mismo tipo y puede preguntarse, como ya lo hacía Locke, si el miedo del niño en la oscuridad se explica como manifestación de su naturaleza animal o como resultado de los cuentos de la nodriza. Aun más: en la mayoría de los casos ni siquiera se distinguen bien las causas, y la respuesta del sujeto constituye una verdadera integración de las fuentes biológicas y sociales de su comportamiento. Eso sucede en la actitud de la madre hacia su niño o en las emociones complejas del espectador de un desfile militar. La cultura no está ni simplemente yuxtapuesta ni simplemente superpuesta a la vida. En un sentido la sustituye; en otro, la utiliza y la transforma para realizar una síntesis de un nuevo orden. […].

Es posible observar que un animal doméstico -un gato, por ejemplo, o un perro o un animal de corral- si se encuentra perdido y aislado vuelve a un comportamiento natural, que fue el de la especie antes de la intervención externa de la domesticación. Pero nada semejante puede ocurrir con el hombre, ya que en su caso no existe comportamiento natural de la especie al que el individuo aislado pueda volver por regresión. Como más o menos decía Voltaire: una abeja extraviada lejos de su colmena e incapaz de encontrarla es una abeja perdida; pero no por eso, y en ninguna circunstancia, se ha transformado en una abeja más salvaje. Los “niños salvajes”, sean producto del azar o de la experimentación, pueden ser monstruosidades culturales, pero nunca testigos fieles de un estado anterior».

Claude Lévi-Strauss, Las estructuras elementales del parentesco,
traducción por Marie Therèse Cevasco, Paidós, Barcelona, 1998.
[Se puede consultar el texto AQUÍ]

La cultura humana (apuntes en PDF)


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