La diferencia


EL SER HUMANO // NATURALEZA Y CULTURA // El ser humano //El puesto del ser humano en el cosmos // La diferencia // Naturaleza y cultura // LA MENTE // La máquina // La mente // La estructura de la mente // La memoria // Alma y cuerpo. Mente y cerebro //  LA PASIÓN Y EL DESEO // Razón y pasión // Ese oscuro mundo // Lo que nos mueve//La unidad del ser humano //


[Autoría del texto principal: César Tejedor Campomanes, Introducción al pensamiento filosófico, SM, Madrid, 1996, pp. 19-22. Se han hecho pequeñas modificaciones ajenas al autor]

(en construcción)


Sea cual fuere el puesto del ser humano en el cosmos, el problema de “la diferencia” subsiste, pero se ha agudizado desde el momento en que se ha impuesto la concepción evolucionista. Porque, a fin de cuentas, todo parece indicar que no somos sino “animales”. Y, quizá, no necesariamente animales “superiores”.

Hay aquí un curioso problema lógico. Dice Platón (Político, 263) que todos nosotros tendemos a «afirmar precipitadamente que hay dos géneros de vivientes: el genero humano, primero, y por otra parte, todos los demás animales en un solo bloque». Pero -continúa diciendo- podríamos engañarnos. Primero, hay un engaño del lenguaje: puesto que «tenemos una sola palabra para designar a todos los demás animales» -la de “fieras” o “bestias”-, imaginamos que no forman sino un solo género contrapuesto al género humano. En segundo lugar nos engaña nuestro orgullo. Pero esto es «lo que quizá haría cualquier otro animal que pudiéramos imaginarnos como dotado de razón, como la grulla: aislaría primero el género “grulla” para oponerlo a todos los demás animales, y de esta forma glorificarse a sí misma, y rechazaría el resto, seres humanos incluidos, en un mismo grupo, para el que probablemente no encontraría otro nombre que el de “bestias”».

Platón_político263

Platón, Político, (263c-e), traducción, introducción y notas a cargo de María Isabel Santa Cruz, en Diálogos V, Parménides, Teeteto, Sofista, Político, Editorial Gredos, Madrid, 1998, p. 513.

Mucho más tarde repetirá Darwin en El origen del hombre: «Si el ser humano no hubiera sido su propio clasificador, jamás habría soñado en fundar un orden separado para colocarse en él».

«A no haber sido el hombre clasificador de sí mismo, nunca hubiera soñado en fundar un orden separado para él».

Carlos R. Darwin, El origen del hombre. La selección natural y la sexual,
Capítulo VI: “Afinidades y genealogía del hombre”,
Trilla y Serra Editores, Barcelona, 1880, p. 167.

«If man had not been his own classifier, he would never have thought of founding a separate order for his own reception».

Darwin, C. R., The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex,
Chapter VI: “On the Affinities and Genealogy of Man”,
John Murray, London, 1871,
Volume 1, p. 191.

Audio libro en inglés de la obra de Darwin The Descent of Man, del Canal GreatAudioBooks (en el minuto 7:15:44 se lee la cita anterior)

En realidad, el planteamiento platónico del problema ya sugiere la solución: solo el ser humano es capaz de clasificar a los animales (él mismo incluido), ya que solo él es racional. Pero también nos está haciendo una advertencia: ¡Mucho cuidado! Encontrar la “diferencia” -la racionalidad- no quiere decir, necesariamente, que se haya demostrado simultáneamente que el ser humano es mejor que los demás animales. ¿Es, realmente, mejor? La pregunta queda abierta. Cuestión muy debatida en el Renacimiento. Ya conocemos la opinión de Pico de la Mirándola. Sería interesante compararla con la opinión escéptica de Montaigne (1533-1592) en Ensayos, II, 12 (la famosa Apología de Ramón Sibiuda, donde atribuye a los animales pensamiento, razón e incluso religión):

  • «La presunción es nuestra enfermedad natural y original. El hombre es la más calamitosa y frágil de todas las criaturas, y, al mismo tiempo, la más orgullosa. […] Por la vanidad de esta misma imaginación, se iguala a Dios, se adjudica las condiciones divinas, se distingue a sí mismo y se desgaja de la muchedumbre de las demás criaturas, conforma las cualidades de los animales, sus cofrades y compañeros, y les reparte la porción de facultades y fuerzas que se le antoja. ¿Cómo conoce, por obra de su inteligencia, los movimientos internos y secretos de los animales?, ¿mediante qué comparación entre ellos y nosotros infiere la necedad que les atribuye? Cuando juego con mi gata, quién sabe si es ella la que pasa el tiempo conmigo más que yo con ella. Nos entretenemos con monerías recíprocas»
  • «El defecto que impide la comunicación entre ellos y nosotros, ¿por qué no está en nosotros tanto como en ellos? Falta adivinar quién tiene la culpa de que no nos entendamos, pues nosotros no los entendemos más a ellos que ellos a nosotros. Por la misma razón, pueden considerarnos estúpidos a nosotros como nosotros los consideramos a ellos. No es muy asombroso que no los entendamos; tampoco entendemos a los vascos ni a los trogloditas».
  • «Podemos juzgar a partir de esto. Podemos también decir que los elefantes participan en alguna medida de la religión, pues, a ciertas horas del día, tras muchas abluciones y purificaciones, se les ve, con la trompa alzada a modo de brazos, y los ojos fijos hacia el sol naciente, permanecer durante mucho tiempo meditabundos y contemplativos, por propia inclinación, sin enseñanza ni precepto. Pero, aunque no percibamos ninguna apariencia semejante en los demás animales, no podemos, sin embargo, asegurar que carezcan de religión, y no podemos interpretar en modo alguno aquello que se nos oculta».

Michel de Montaigne, Los ensayos,
(según la edición de 1595 de Marie de Gournay)
traducción de J. Bayod Brau, Acantilado, Barcelona, 2007,
Libro II, XII: “Apología de Ramón Sibiuda”
(el texto puede consultarse AQUÍ, pp. 503-707).

Aunque se han ensayado muchas definiciones del ser humano -y por tanto muchas “diferencias” respecto al resto de los animales-, podrían quizá agruparse en torno a estas dos: “animal racional”, “animal cultural”. Esta última se impone justamente cuando triunfa la concepción evolucionista.

EL ANIMAL RACIONAL

Se atribuye a Platón esta curiosa definición del ser humano: “Bípedo sin plumas“. Y se cuenta que Diógenes, el cínico, se presentó con una gallina desplumada y pregonó: “¡He aquí al humano de Platón!”. Por ello se dice que Platón tuvo que modificar su definición y dejarla así: “Ser humano. Animal sin alas, con dos pies, con las uñas planas; el único entre los seres que es capaz de adquirir una ciencia fundada en razonamientos”.

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Diógenes Laercio, Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, pág. 338, edición digital disponible con fines de estudio e investigación exclusivamente, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Desde luego esta definición no aparece en ninguna obra platónica, y resulta chocante que nuestro gran filósofo mostrase tanto empeño en diferenciar al ser humano de la gallina. Sin embargo, la segunda parte de la definición sí es típicamente platónica: lo propio del ser humano es el conocimiento racional. La idea es recogida por Aristóteles:

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Aristóteles, Política (1332b), introducción, traducción y notas de Manuela García Valdés, Editorial Gredos, Madrid, 1999, p. 435.

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Portada de la décima edición de Systema Naturae de Linneo (1758).

En cuanto a la expresión equivalente Homo sapiens, se debe a Linneo (1707-1778), quien la introdujo en la décima edición (1758) del Systema naturae. Por qué no apareció en las ediciones anteriores, es evidente: Linneo no se había atrevido a incluir al ser humano en la clasificación del mundo animal.

Aristóteles da otra definición del ser humano, la de “animal político“:

«Es evidente que la ciudad-Estado es una cosa natural y que el ser humano es por naturaleza un animal político o social […]. Y la razón por la que el ser humano es un animal político en mayor grado que cualquier abeja o cualquier animal gregario es algo evidente…»

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Aristóteles, Política (1253a), introducción, traducción y notas de Manuela García Valdés, Editorial Gredos, Madrid, 1999, pp. 50-51.

El texto aristotélico es -como siempre- muy rico en contenido y sugerencias. El ser humano se diferencia de los animales gregarios, como la hormiga o la abeja, en que él es un “animal político”, es decir, que sólo él vive en una ciudad (polis); y lo que hace que exista una ciudad no son las casas y las murallas, sino la presencia del sentido de la justicia. Aquí resuena, una vez más, el mito de Protágoras. Ahora bien, para que reine la justicia, los humanos deben poder comunicarse entre sí, hablar y razonar, y esto sólo lo pueden hacer los seres humanos: sólo ellos poseen el lógos, que es, al mismo tiempo, palabra y razón, o, simplemente, el discurso racional. Así, pues, el animal político (social o cívico) es también todo esto: animal racional, animal que habla y animal moral.

“Animal racional”, “animal político”. Nos encontramos aquí con conceptos clave del pensamiento filosófico occidental. De hecho, estas definiciones reaparecerán continuamente a lo largo de la historia de la filosofía, y son las únicas que han pasado a nuestro acervo cultural: todo el mundo las conoce y las repite.

Ambas definiciones parecen objetivas y neutrales. Pero no lo son tanto.

  1. Su contexto filosófico es, evidentemente, la concepción griega del mundo: la especie humana -que es eterna, como todas las demás especies- difiere esencialmente de las demás especies animales por la posesión del lógos (razón y palabra). En esta concepción esencialista, la “diferencia” es algo exclusivo de la especie en cuestión. Así, el único animal “racional” es el ser humano, todos los demás son animales “irracionales“, y actúan únicamente movidos por instintos o, en todo caso, por hábitos. En los siglos XVII y XVIII, la diferencia se acentuará aún más con la pretensión de muchos filósofos de convertir a los animales en máquinas insensibles. Ahora bien, ¿qué pasa con esta definición desde el momento en que se ha descubierto que los animales también poseen “inteligencia”? ¿Dónde está la diferencia?
  2. La definición “animal racional” surge en un contexto social muy particular –la Atenas del siglo IV antes de Cristo– y oculta una fuerte carga ideológica. Presupone un modelo de “verdadero ser humano” que es: el griego (no el bárbaro) libre (no el esclavo), adulto (no el niño, ni el anciano), varón (no la mujer):

Vegetti_Orígenes de la racionalidad«Se trata de una antropología llamada a fundamentar la esclavitud y otras relaciones de subordinación (hombre-mujer, griego-bárbaro) […] y que define la figura paradigmática del “humano verdadero” […] como un animal que vive en la polis, en quien el alma prevalece sobre el cuerpo, y la razón sobre el deseo. Se trata, precisamente, de un ciudadano griego, libre, macho, adulto, ocioso y urbano. Bajo su mando, que según los casos puede ser despótico, paternal, marital, regio o político, se encuentra el resto de la humanidad y de lo viviente en su conjunto»

Mario VegettiLos orígenes de la racionalidad científica. El escalpelo y la plumaEdiciones Península, Barcelona, 1981, pp. 155-156.

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El animal racional (apuntes en PDF)

EL ANIMAL CULTURAL

¿Cómo se sabe que restos de esqueletos encontrados en un antiguo yacimiento son restos humanos? Uno de los criterios es el hallazgo de utensilios cuya fabricación se les pueda atribuir con seguridad. Para la paleontología (del gr. παλαιο- palaio-), el ser humano es “el animal que fabrica instrumentos”: hay animales que pueden usar como instrumentos piedras o palos, pero sólo el animal humano los fabrica. El ser humano es, pues, el Homo faber. La expresión fue difundida por el filósofo francés Henri Bergson (1859-1941), aunque ya mucho antes Benjamin Franklin (1706-1790) había definido al ser humano como tool making animal:

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Karl Marx, El Capital, Crítica de la economía política, libro I, volumen 1, traducción de Pedro Scaron, Siglo XXI Editores, México, 2008, p. 218.

Bergson la utiliza en el contexto de la teoría de la evolución:

Bergson_pensee_et_mouvant_L23«Nous croyons qu’il est de l’essence de l’homme de créer matériellement et moralement, de fabriquer des choses et de se fabriquer lui-même. Homo faber, telle est la définition que nous proposons. L’Homo sapiens, né de la réflexion de l’Homo faber sur sa fabrication…»

Henri Bergson,
La pensée et le mouvant,
Introduction (deuxième partie):
De la position des problèmes,
Les Presses universitaires de France, Paris, 1969.

«Creemos que a la esencia del ser humano pertenece el crear material y moralmente, el fabricar cosas y fabricarse a sí mismo. Homo faber, tal es definición que proponemos. El Homo sapiens ha nacido de la reflexión del Homo faber sobre lo que fabrica…» [trad. en César Tejedor Campomanes, Introducción al pensamiento filosófico, SM, Madrid, 1996, p. 21].

Bergson_evolution_creatrice_L23«Si nous pouvions nous dépouiller de tout orgueil, si, pour définir notre espèce, nous nous en tenions strictement à ce que l’histoire et la préhistoire nous présentent comme la caractéristique constante de l’homme et de l’intelligence, nous ne dirions peut-être pas Homo sapiens, mais Homo faber. En définitive, l’intelligence, envisagée dans ce qui en paraît être la démarche originelle, est la faculté de fabriquer des objets artificiels, en particulier des outils à faire des outils et, d’en varier indéfiniment la fabrication»

Henri Bergson,
L’évolution créatrice,
Chapitre II: Les directions divergentes de l’évolution de la vie. Torpeur, intelligence, instinct.
Les Presses universitaires de France, Paris, 1959.

«Si pudiésemos prescindir de nuestro orgullo, si para definir nuestra especie nos atuviésemos estrictamente a lo que la historia y la prehistoria nos presentan como característica constante del hombre y de la inteligencia, no hablaríamos del hombre como homo sapiens, sino como homo faber. En definitiva, la inteligencia, considerada en lo que parece ser su marcha original, es la facultad de fabricar objetos artificiales, en particular útiles para hacer útiles, y variar indefinidamente su fabricación» [Henri BergsonLa evolución creadora, traducción de José Antonio Miguez, en Obras escogidas, Aguilar, México 1963. p. 558].

La cosa está clara, ¿no? El ser humano ya no se define en función del pensamiento y la racionalidad (Homo sapiens), sino en función de la acción: «El instinto y la inteligencia son, ante todo -dice Bergson-, dos métodos diferentes de acción sobre la materia inerte»:

«…la vida manifestada por un organismo es, a nuestros ojos, un cierto esfuerzo para obtener ciertas cosas de la materia bruta. No nos sorprendamos si es la diversidad de este esfuerzo la que nos impresiona en el instinto y en la inteligencia, y si vemos en estas dos formas de la actividad psíquica, ante todo, dos métodos diferentes de acción sobre la materia inerte»

Henri Bergson,
La evolución creadora,
traducción de José Antonio Miguez,
en Obras escogidas, Aguilar, México 1963. p. 556.

Para transformar el mundo el ser humano posee dos instrumentos naturales: la mano y la inteligencia. Y esto es lo sorprendente: el animal carece sólo de la primera, no de la segunda. La mano es “la diferencia”. Gracias a ella el ser humano pudo fabricar instrumentos artificiales como prolongación de la mano misma, y de este modo desarrolló aún más su inteligencia, de tal modo que llegó a construir instrumentos para fabricar instrumentos, y así indefinidamente… Por eso dice Bergson que el Homo sapiens es una consecuencia del Homo faber.

La mano ya había sido señalada por Anaxágoras (s. V a. C.) como raíz del desarrollo de la inteligencia: «El ser humano es el más inteligente de los animales gracias a tener manos». Cosa que Aristóteles, naturalmente, negará: «No es porque tiene manos, por lo que el ser humano es el más inteligente de los seres; sino que por ser el más inteligente, es por lo que tiene manos. Porque la mano es un instrumento; y la naturaleza -como lo haría el sabio- atribuye siempre cada órgano al que es capaz de usarlo»:

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Esclavo negro atado. Estatuilla de bronce. Siglos I-II a.C. Museo del Louvre, París.

Aristóteles defiende así la prioridad del “animal racional” en una época en que el trabajo manual estaba reservado a los esclavos. La nueva “idea” del ser humano sólo podrá aparecer, pues, en plena revolución industrial en Europa, en la euforia por un dominio total del mundo por medio de las máquinas, en un momento de expansión colonialista.

El trabajo (acción y efecto de trabajar: del latín vulgar *tripaliāre ‘torturar’, derivado del latín tardío tripalium ‘instrumento de tortura compuesto de tres maderos’) deja entonces de ser la actividad propia del esclavo, una maldición o un castigo; ahora es lo que distingue al ser humano como tal: «El trabajo hizo al ser humano» (Friedrich Engels, 1820-1895).

«Die Arbeit ist die Quelle alles Reichtums, sagen die politischen Ökonomen. Sie ist dies – neben der Natur, die ihr den Stoff liefert, den sie in Reichtum verwandelt. Aber sie ist noch unendlich mehr als dies. Sie ist die erste Grundbedingung alles menschlichen Lebens, und zwar in einem solchen Grade, daß wir in gewissem Sinn sagen müssen: Sie hat den Menschen selbst geschaffen».

Friedrich Engels,
Dialektik der Natur,
Anteil der Arbeit an der Menschwerdung des Affen“,
Karl Marx/ Friedrich Engels,
Werke, (Karl) Dietz Verlag, Berlin/DDR, 1962, Band 20, S. 444.

«El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en Economía política. Lo es, en efecto, a la par que la naturaleza, proveedora de los materiales que él convierte en riqueza. Pero el trabajo es muchísimo más que eso. Es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre».

Friedrich Engels,
“El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”,
Obras Escogidas de Carlos Marx y Federico Engels en Tres Tomos,
Editorial Progreso, Moscú, 1981,Tomo 3, p. 66.

Mediante el trabajo el Homo faber no sólo transforma el mundo y se apodera  de él; sobre todo se transforma a sí mismo y se humaniza. Algunos de los rasgos del “ser humano verdadero” griego seguirán siendo los mismos; pero el varón ocioso ha sido substituido por el occidental, blanco, civilizado, práctico y emprendedor, fascinado por el poder que le otorga su superioridad tecnológica.

¿Cuál es la mejor “definición” del ser humano, cuál es la verdadera “diferencia” con el resto de los animales? ¿Homo sapiens? ¿Homo faber? Cualquiera ve que estos dos conceptos son parciales y no mutuamente excluyentes. El concepto de “cultura” -que posee un contenido simultáneamente espiritual y material- podría permitir una reconciliación. Ciertamente, también los animales tienen una cultura, pero hasta tal punto ha desarrollado el Homo sapiens-faber su propia cultura, que se ha convertido en el animal cultural por excelencia.

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Homo faber (apuntes en PDF)


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