El ser humano


EL SER HUMANO // NATURALEZA Y CULTURA // El ser humano //El puesto del ser humano en el cosmos // La diferencia // Naturaleza y cultura // LA MENTE // La máquina // La mente // La estructura de la mente // La memoria // Alma y cuerpo. Mente y cerebro //  LA PASIÓN Y EL DESEO // Razón y pasión // Ese oscuro mundo // Lo que nos mueve//La unidad del ser humano //


[Autoría del texto principal: César Tejedor Campomanes, Introducción al pensamiento filosófico, SM, Madrid, 1996, pp. 12 y 13. Se han hecho pequeñas modificaciones ajenas al autor]

(en construcción)


No podemos saber cuándo el ser humano comenzó a interrogarse acerca de sí mismo. Pero sí podemos suponer cómo -probablemente- intentó responder: se comparó con los demás seres del Universo y buscó las diferencias. ¿No es cierto que, la mayoría de las veces, pensar algo es pensar “la diferencia”? Es decir, poner esa cosa en relación a otra -la más cercana y semejante posible- y establecer en qué difieren. El mundo es, en efecto, un haz de relaciones y ninguna cosa puede ser comprendida sino en relación con las demás. (Y uno podría preguntarse entonces: ¿por qué -y en qué sentido- se dice que “las comparaciones son odiosas“?).

Parece que el ser humano intentó -en los tiempos más remotos- comprenderse a sí mismo en relación con dos referentes distintos, que marcaban sus límites superior e inferior: los dioses y los animales. La versión de Protágoras del mito de Prometeo conserva este planteamiento.

Hay algo “divino” en el ser humano; pero éste no es un “dios”. ¿Cuál es la diferencia? Homero llama a los dioses “felices e inmortales”, y escribe: «Como las hojas de los árboles [que caen en otoño], así las generaciones de los seres humanos».

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Homero, Ilíada, Canto VI, traducción, prólogo y notas de Emilio Crespo Güemes, Editorial Gredos, Madrid, 2000, p. 217. (SEGUIR LEYENDO)

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«… den Spiegel, mit dessen Hilfe er sich selbst sieht», Bruno Snell, Die Entdeckung des Geistes. Studien zur Entstehung des europäischen Denkens bei den Griechen, Vandenhoeck & Ruprecht, Göttingen, 2011, p. 187. Una versión en inglés puede consultarse aquí -vid. p. 202: «they are the mirror in which man sees himself».

Bien, ahí está la diferencia. La referencia a los animales parece tener mayor importancia, ya que para Homero «los animales son el espejo mediante el cual puede el ser humano verse a sí mismo» (Bruno Snell), lo cual podría explicar el origen de las fábulas. Los animales fueron siempre algo fascinante para el primitivo. Porque, a fin de cuentas, ¿no podrían ellos mismos ser los dioses? Esta ambigua relación con el mundo animal ha sido expresada mediante una famosa teoría: el totemismo.

“Totemismo” es un término empleado en antropología e historia de las religiones para explicar la forma de organización de las sociedades primitivas. El término “tótem” se acuñó a fines del siglo XVIII a partir de la expresión ototeman, que en la lengua de los habitantes de los Grandes Lagos significaba “él es de mi clan”.

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“Totemismo”, en Pierre Bonte y Michel Izard, Diccionario Akal de Etnología y Antropología, traducción de Mar Llinares García, Ediciones Akal, Madrid, 2008, pp. 705-706.

Los estudios sobre el totemismo fueron iniciados por J. Frazer en 1887, y proseguidos por otros muchos autores (es famosa la obra de Freud, Tótem y Tabú, 1913). En general se pensaba que los clanes primitivos consideraban a un animal (más raramente una planta o una piedra) como su tótem: es decir, como su espíritu protector y emblema, incluso como su antepasado mítico o héroe fundador de su cultura (el papel desempeñado por Prometeo en el mito de Protágoras).

A partir de 1916, Franz Boas y otros (más recientemente, Claude Lévi-Strauss) hicieron ver que el totemismo era una especie de “cajón de sastre” en el que se incluían fenómenos excesivamente heterogéneos. En cualquier caso, es indudable que los primitivos vivieron en una relación muy particular respecto a los animales, consideraran -o no- a éstos como sus ancestros o los utilizaran como un sistema de denominación del parentesco.

Algunos hechos parecen revelar, también, algún tipo de relación del primitivo con los animales. Por ejemplo, la existencia de asociaciones -muchas veces secretas- de camaradas (no basadas, por tanto, en el parentesco) que tomaban un animal como emblema.

Quizá habría que encontrar en estas asociaciones -por ejemplo, la del lobo, o la del caballo– el origen de leyendas posteriores acerca de los licántropos o los centauros: los miembros de esas asociaciones debían disfrazarse, usar máscaras, imitar los movimientos… del animal emblemático.

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“Lapitas y Centauros”, en Robert Graves, Los mitos griegos, prólogo de Carlos García Gual, traducción de Esther Gómez Parro, Grupo Anaya, RBA Coleccionables, 2009, pp. 394-396.

Todo esto plantea muchas preguntas. ¿Por qué esa necesidad de referirse a los animales? Cuando alguien -todavía hoy- se disfraza o se pone la máscara de un animal, incluso lo imita, ¿qué busca, quizá inconscientemente? ¿Identificarse, imitar?, ¿ser “otro”?, ¿romper los propios límites?, ¿regresar a una existencia animal, instintiva? ¿Qué, exactamente? Algunos autores –Nietzsche, Unamuno– han visto en esta inquietud permanente del ser humano la señal evidente de que se trata de un “animal enfermo”.

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Friedrich Nietzsche, La genealogía de la moral. Un escrito polémico. introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual, El Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, Madrid, 1998, p. 156.

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Friedrich Nietzsche, Jenseits von Gut und Böse, Zur Genealogie der Moral. Eine Streitschrift, Kritische Studienausgabe Herausgegeben von Giorgio Colli und Mazzino Montinari, Deutscher Taschenbuch Verlag de Gruyter, München, 2002, S. 367.

Quizá el ser humano -siempre inquieto, descontento y ansioso- envidia el modo de vida de los animales, tranquilo y en armonía con la Naturaleza:

«A los animales […] les basta vivir. Porque su existencia se desliza armoniosamente con las necesidades atávicas. Y al pájaro le basta con algunas semillitas o gusanos, un árbol donde construir su nido, grandes espacios para volar; y su vida transcurre desde su nacimiento hasta su muerte en un venturoso ritmo que no es desgarrado jamás ni por la desesperación metafísica ni por la locura. Mientras que el hombre, al levantarse sobre las dos patas traseras y al convertir en un hacha la primera piedra filosa, instituyó las bases de su grandeza pero también los orígenes de su angustia; porque con sus manos y con los instrumentos hechos con sus manos iba a erigir esa construcción tan potente y extraña que se llama cultura e iba a iniciar así su gran desgarramiento, ya que habrá dejado de ser un simple animal pero no habrá llegado a ser el dios que su espíritu le sugiera. Será ese ser dual y desgraciado que se mueve y vive entre la tierra de los animales y el cielo de sus dioses, que habrá perdido el paraíso terrenal de su inocencia y no habrá ganado el paraíso celeste de su redención. Ese ser dolorido y enfermo del espíritu que se preguntará, por primera vez, sobre el porqué de su existencia. Y así las manos, y luego aquella hacha, aquel fuego, y luego la ciencia y la técnica habrán ido cavando cada día más el abismo que lo separa de su raza originaria y de su felicidad zoológica»

Ernesto Sabato,  Sobre héroes y tumbas,  Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2004, p. 432 (otra versión en PDF aquí).

En cualquier caso, algo parece evidente: si el ser humano ha sentido desde siempre la necesidad de interrogarse acerca de sí mismo es porque se sentía incapaz de comprenderse y situarse en el Universo.

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El ser humano (apuntes en PDF)


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